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sábado, 24 de mayo de 2014

El asaltante del silencio


Cuento sobre el autocontrol


Ramón, un niño de 13 años era atacado continuamente por el asaltante del silencio y, ese asaltante era la Ira que vivía dentro de otro compañero de clases llamado Perencejo.

Perencejo cuando se irritaba arrugaba el rostro y se ponía muy, pero que muy feo y cuando hablaba aumentaba mucho el tono de su voz, también hacía gestos súper exagerados cuando insultaba a Ramón.

Pero ante los insultos, Ramón no le respondía de la misma manera para no poner en peligro su tranquilidad.

Aunque mantener esa tranquilidad a veces era muy difícil; por eso un día pensó en una estrategia para eliminar cualquier resentimiento y odio dentro de él cuando fuera insultado con grotescas palabras.

Así que cada vez que era insultado, en lugar de ponerse triste y comenzar a llorar, se mostraba racional, indolente y tranquilo.

Y esto causó un efecto tan grande y desbastador sobre la Ira de Perencejo, que al no sentirse correspondida, se asfixió en sí misma y explotó desapareciendo por completo.

Autora: María Abreu

La blanda respuesta quita la ira, mas la palabra áspera hace subir el furor (Proverbios 15:1)



miércoles, 26 de febrero de 2014

Los cerditos burlones



En la finca de una gran hacienda vivía un humilde burro. Cada día, con mucha paciencia, llevaba al señor Mario sobre su lomo y soportaba la carga sin lamentarse.

Una mañana, cansado y amarrado en el tronco de un árbol vio que tres cerditos se burlaban de él y le gritaban:

_ ¡Trabaja burro trabaja!

El burro con mansedumbre los miró y recordó que el señor Mario siempre les echaba mucha comida y por eso estaban gorditos y felices.

Luego en la tarde caminó soportando la carga de unas leñas porque en la noche habría una gran fiesta en el caserío de la hacienda.

Al terminar el recorrido, en su momento de descanso, escuchó nuevamente la burla de los tres cerditos:

_ ¡Trabaja burro trabaja! ¡Eres un menospreciado!

_ Fue a un burro a quien Jesús eligió para su entrada triunfal a Jerusalén. Así que no soy un menospreciado_ dijo el burro humildemente.

Pero los tres cerditos no le escuchan y seguían burlándose:

_ ¡Trabaja burro trabaja!

El burro triste y llorando por tantas burlas, se alejó de los tres cerditos y se tumbó a descansar bajo la sombra de un árbol.

Pasaron las horas y al llegar la noche comenzó la fiesta en la hacienda. El burro no vio a los tres cerditos en la finca y decidió acercarse a ver qué había pasado. Para su sorpresa, descubrió que la cena de la fiesta eran… los tres cerditos a la parrilla, entonces se fue a su casita pensando:

_ ¡No te burles de nadie sin saber cuál será tu futuro!

Autora: María Abreu

Salmos 119:51: Los soberbios se burlaron mucho de mí, más no me he apartado de tu ley.





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