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miércoles, 23 de abril de 2014

¡QUÉ SE MUERAN LOS FEOS!


¡Qué se mueran los feos! Gritaba triste y acomplejado cada noche un murciélago cuando llegaba a  su cueva después de haber cazado insectos.

Una tarde colgado boca abajo de la rama de un árbol contemplaba la belleza de un pavo real que se paseaba por el bosque y al compararse con él entre lágrimas gritaba: ¡Que se mueran los feos!

Unos niños que estaban de excursión lo vieron colgado, lo cogieron y le pusieron un cigarro en la boca. El murciélago fumaba y los miraba mientras estos se reían, pero inesperadamente llegó la madre asustada dando voces:

_ ¡Suelten ese feo murciélago, da mala suerte!

Entonces el murciélago se marchó y se colgó de la rama de otro árbol. Desde ahí  contempló cómo estos excursionistas maravillados con la belleza del pavo real le acariciaban el plumaje azul con reflejos verdes y, el pavo real con gran orgullo les exhibía el extraordinario abanico de varios colores que constituía su cola.

En ese momento el murciélago recordó su piel color marrón, su cara y orejas pequeñas y entre sollozos volvió a gritar: ¡Qué se mueran los feos!

Pero un ruiseñor que lo estaba escuchando se acercó a decirle:

_ No te acomplejes de tu físico porque la belleza es una simple sensación del sentido de la vista y muchas veces puede ser engañosa.

_ ¡Es que soy muy feo! ¡Me gustaría ser tan hermoso como un pavo real! _ explicó entre sollozos el murciélago.

_ Ya eres hermoso, simplemente debes mostrarte como eres, aportando al mundo de una manera firme todo el talento y toda la belleza que hay en tu interior_ indicó el ruiseñor.

Al escuchar esto el murciélago se animó a salir cada noche a polinizar las flores del pequeño bosque.

Las flores que polinizaba el murciélago por la noche producían más néctar que las polinizadas por el día por las abejas y los pájaros.

Una mañana desde su cueva observó que el bosque estaba muy florecido y convencido dijo:

_ ¡Yo también soy parte de la belleza de este mundo!
Autora: María Abreu

En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas (Hechos 10:34)


domingo, 20 de abril de 2014

CÓMO SER FELIZ

Un niño de doce años de edad se dispuso a buscar la felicidad en todas las cosas y en cada circunstancia de la vida.

Y una tarde decidió coger su cuaderno para escribir su plan de felicidad el cual estaba dispuesto a cumplir al pie de la letra.

Aunque sabía que su plan requería de gran esfuerzo y constancia, estaba dispuesto a cumplirlo y, esto fue lo que escribió: tendré un sueño que cumplir, venceré todos mis miedos, haré del conocimiento mi mejor aliado, viviré en paz con los demás y aumentaré todos mis bienes materiales.

Pasaron los años y este niño creció y cumplió muchos de sus sueños, e incluso llegó a ser un rico empresario.

Pero veía que su plan de felicidad cada día iba cuesta abajo porque aunque tenía éxito y disfrutaba de muchas cosas sentía que todo era muy pasajero.

 Esto hacía que se encontrara muy frustrado porque se daba cuenta que realmente aún no había encontrado la felicidad.

Y para su pesar, todos los días cuando aparcaba su lujoso coche cerca de la empresa veía a un mendigo que amablemente siempre le saludaba con una sonrisa. Hasta que un día muy molesto decidió acercarse a preguntarle:

_ ¿Eres feliz, o sólo sonríes por las pocas monedas que te dan?

_  ¡Sonrío porque soy feliz,  he encontrado la felicidad!_ respondió el mendigo.

_ ¿Cómo puedo ser feliz? Porque yo llevo años buscando la felicidad_ volvió a preguntar el empresario.

_ ¡La felicidad está en el hombre que encuentra la verdad y la sigue!_ contestó el mendigo.

_ ¿De qué verdad me hablas? ¿A quién tengo que seguir?­_ curioseó el empresario.

_ ¡Jesús es la verdad!  Tú necesitas llenar tu alma de la felicidad y de bienestar eterno que sólo él te puede dar_ aclaró el mendigo.

Entonces el empresario, dejándole una gran cantidad de dinero se marchó con la disposición en su corazón de buscar la felicidad en Jesús.

Autora: María Abreu
La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. (Lucas 12: 15)






martes, 1 de abril de 2014

Una tormenta en el bosque

Los ruiseñores le entonaban un dulce canto al amanecer, las flores se despertaban abriendo sus coloridos pétalos y los insectos comenzaban a trabajar sobre los troncos y las ramas de los árboles.

También un conejito salía de su madriguera dando saltitos porque aprovecharía el comienzo del día  para recolectar granos y zanahorias. Se divertía saltando por encima de las plantas gramíneas y de vez en cuando cortaba hierbas con sus incisivos superiores. También se recreaba rodando por el suelo.

¡Todo era maravilloso! ¡Un día soleado! Una nueva oportunidad para hacer las cosas que más le gustaban en el bosque.

Pero de repente, unas nubes negras provenientes de las altas montañas viajaban con la fuerza del viento y amenazaban con  acercarse al centro del bosque. El viento soplaba cada vez más fuerte y las gotitas de agua comenzaban a caer y a evaporarse por el calor de la tierra.

Pasaban los segundos, las gotas se hacían cada vez más grandes y se precipitaban sobre el suelo repetidamente formando grandes charcos de agua.

El conejito con sus pelos mojados miró para todos los lados pensando a dónde iría a refugiarse. ¡Estaba solo y asustado!

Pero la lluvia seguía cayendo, los truenos y relámpagos rugían de tal manera que parecía que el cielo iba a desplomarse. Entonces el sol decidió esconderse dejando el bosque a oscuras. También los pájaros se ocultaron y las águilas decidieron volar por encima de la tormenta.

Entonces el conejito espantado corrió y se escondió aferrándose al tronco de un árbol. Pero al ver a lo lejos que un rayo partió un gran árbol en dos, se dio cuenta que estaba en el refugio equivocado.

Corrió nuevamente mezclándose sus lágrimas con la lluvia que caía, su corazón latía tan fuerte que sentía que se iba a desmayar. Pero levantó la mirada y vio una enorme roca con sus más altos picos y corrió hacia ella hasta que encontró refugio en una pequeña cueva. Allí arriba permanecía cobijado pensando que los tiempos difíciles no duran para siempre. 


Autora: María Abreu. ( Con cariño  para Yolanda).

Sólo Dios es mi salvación y mi roca; porque él es mi refugio, jamás resbalaré. (Salmos 62:2)





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