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martes, 24 de mayo de 2016

Diálogo entre Adán y un ángel



Caminaba Adán placenteramente por el jardín del Edén y ponía nombre a cada animal que se encontraba a su paso. Un día, cuando acariciaba la melena de un león repentinamente  se le apareció un ángel anunciando:

_ Adán, vengo a comunicarte que Dios te dará una compañera para que no estés solo.

_ ¿Una compañera? _ preguntó Adán sorprendido.

_ ¡Sí Adán, una compañera! _ afirmó el ángel.

_ ¿Y para qué quiere Dios darme una compañera? _ indagó Adán con mucha curiosidad.

_ ¡Para que te lave la ropa! _ certificó el ángel.

_ ¡Oh! _suspiró Adán, quedando boquiabierto. 

_ También te cocinará y tendrá la comida lista en la mesa, para cuando llegues de trabajar_ expuso el ángel.

_ ¿Eso hará ella por mí? _ preguntó Adán lleno de alegría.

_  ¡Sí, Adán! ¡También te planchará la ropa  y te arreglará la cama! _ declaró el ángel.

_  ¿Y qué  más hará? _ curioseó Adán con mucho interés.

_ ¡Cada vez que llegues del trabajo a casa, ella estará guapa y perfumada! _ comentó el ángel.

_  ¿Guapa y perfumada? _  preguntó Adán  emocionado.

_ ¡Sí, y también te dará masajes cuando llegues cansado!_ apuntó el ángel.

_  ¿Uhm…Y cuánto me costará todo eso?_ preguntó Adán impaciente.

_ ¡Te costará una costilla!_ reveló el ángel.

 Autora: María Abreu
Y de la costilla que el SEÑOR Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la trajo al hombre. (Génesis 2: 22)





miércoles, 11 de mayo de 2016

El saltamontes enamorado


Una resplandeciente mañana de calor, el saltamontes Bruno salta por el bosque buscando desayuno.

Entre salto y salto descubre a una mariposa danzando al ritmo del viento sobre los pétalos de una rosa. Él suspira, mas ella le sonríe danzando de puntillas.

El saltamontes atraído por la belleza de la mariposa, salta sobre la rosa y con su carita ruborizada se le acerca diciendo:

_ ¡Hola, mi nombre es Bruno! ¡Bonitos colores!

Pero la mariposa, entre vuelta y vuelta no para de bailar, dibujando en el aire, figuritas de cristal.

_ ¿Podemos desayunar juntos? _ preguntó el saltamontes intentando llamar su atención.

_ Entiendo tu interés; pero sólo si me regalas una estrella del cielo podrás conquistarme_ explicó la mariposa, toda vanidosa.

_ ¡Wau!_ suspira el saltamontes. No se lo podía creer. Pero como sentía maripositas en el estómago le expresó:

_ ¡Por ti haría cualquier cosa!

_ Pues cuando tengas la estrella, búscame en los jardines de este bosque_ comenta la mariposa yéndose hacia otro rosal.

Desde ese día el saltamontes con mucho entusiasmo esperaba la llegada de la noche. Y bajo la luz de la luna, saltaba sin parar: por el prado, por las montañas, por el bosque.

A vece, cuando estaba sobre el pico de una montaña, saltaba tan alto que sentía que rozaba el cielo y que podía alcanzar las estrellas.

Pasadas las horas cuando salían los débiles rayos del sol, el saltamontes descansaba en su pequeña madriguera. Allí vendaba las heridas de sus pies lastimados por los continuos saltos, consciente de que esto le estaba lastimando.

Acostado en su cama, unas lágrimas salían de sus ojos porque pese al esfuerzo se sentía frustrado y poco valorado.

Cuando se sintió un poco mejor, se levantó y se acercó al rosal. Allí encontró a la bella mariposa curvando sus alas al compás del viento sobre los pétalos de una rosa.

La contempla con tristeza, pues sabía que las heridas de sus patitas le impedirían saltar sobre la rosa. Mas ésta al verlo descendió y sólo pensado en su deseo le preguntó:

_ ¿Dónde está mi estrella?

_ ¡No he podido conseguirla y no volveré a intentarlo!_ afirmó el saltamontes.

_ ¡Ah! ¿Por qué?_ preguntó la mariposa muy asombrada.

_ Porque cuando alguien realmente te quiere no te hace sufrir por puros caprichos_ explicó el saltamontes marchándose del rosal y dejándola sola.

Con el tiempo el saltamontes Bruno se curó de sus heridas y llegó a conocer a un saltamontes hembra que realmente lo valoraba.

Autora: María Abreu
 Cuando al orgullo lo va alimentando la vanidad termina en el rechazo y al final te quedas solo. Esto fue lo que le pasó a la mariposa.

 Tú, Señor, estás en las alturas, pero te dignas atender a los humildes; en cambio, te mantienes alejado de los orgullosos. (Salmos 138: 6)







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