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lunes, 27 de marzo de 2017

UN REGALO ESPECIAL

En un magnífico castillo vivía la princesa Amira que deseaba elegir a un joven para casarse. Para ello puso una condición: escogería al joven que a través de un regalo le hiciera sentirse especial.

Anunciada esta petición, se presentaron al palacio cientos de pretendientes con su regalo en mano: joyas, rosas, cuadros, prendas de vestir…


Un campesino que había escuchado los rumores del palacio, consciente de que por el estado de su pobreza no tenía nada que regalar, no dejó que esto le impidiera presentarse al palacio.

Puesto en fila, el campesino esperó turno, y cuando llegó su momento sólo expuso una idea:

_ ¡Princesa, tengo un regalo para ti que quizás nadie te ha hecho! ¡El regalo está en la naturaleza del bosque, sólo allí podemos encontrarlo, debes venir conmigo!

La princesa lo miró con incredulidad pareciéndole arriesgada dicha propuesta. Mas el campesino insistió tanto que finalmente la princesa aceptó.

A la tarde del día siguiente, el campesino fue al castillo a buscar a la princesa Amira y se marcharon montados a lomos de caballos. Al llegar al bosque el campesino la ayudó a bajar del caballo y le pidió que caminaran juntos.

Mientras caminaban por la espesura del verde bosque, la princesa podía apreciar el crujir de las hojas secas bajo sus pies. Y el canto de un grillo oculto en un rosal.

El campesino caminaba en silencio buscando palabras que expresar hasta que mirando la belleza del bosque decide hablar; pero justo en ese momento dos jabalíes salieron corriendo a toda velocidad de entre unos matorrales y le rompieron la parte baja del vestido a la princesa.

Ésta cayó al suelo y los jabalíes dieron media vuelta queriendo embestirla. La princesa rápidamente se levantó del suelo sabiendo que no le quedaba más remedio que correr por su vida. En la huida perdió un zapato, luego el otro.

Dos pajaritos, uno azul y otro amarillo que observaban el panorama desde la rama de un árbol se taparon los ojos con sus dos alas para no ver el fatal desenlace.

También dos ardillas, que estaban encaramadas en el mismo árbol se les cayeron las nueces que se habían metido en la boca por el sobresalto.

Los jabalíes continuaban persiguiendo a la princesa por lo que el campesino muy preocupado agarró una rama y corriendo detrás de ellos los ahuyentó.

Con respiración excitada por la huida la princesa se sentó junto al tronco de un árbol con las manos sobre su cabeza.  El campesino rápidamente se acercó y puesto en pie frente a ella, dándolo todo por perdido, pensó:

_ ¡Yo sólo quería regalarte un bello momento, pero veo que no ha sido buena la idea! - 

Luego se acercó a la princesa explicando:

_ ¡Levántate del suelo, te llevaré a tu castillo!  ¡Perdóname, esto no ha sido buena idea!

La princesa levantó la mirada y notó que los hermosos ojos verdes del campesino estaban llorosos.

Los dos pajaritos y las dos ardillas que estaban subidas en el árbol, sintieron tristeza por el campesino. Por eso decidieron ayudarle con el siguiente plan con el objetivo de hacer sonreír a la princesa:

Primero llegó el turno de las dos ardillas que bajaron del árbol y le hicieron un gran baile y luego le regalaron una corona margaritas.

Era el turno de los dos pajaritos: El pajarito azul se acercó a la princesa haciendo una acrobacia aérea dejando caer sobre su cabeza un collar de margaritas. Por su parte, el pajarito amarillo decidió regalarle una pulsera de margaritas, danzando al compás del viento.
_ ¡Qué bonito!_ gritó la princesa mientras se levantaba y corría detrás del pajarito amarillo intentando atraparlo. Sin darse cuenta acabó tropezando con una rama seca de un árbol y cayó boca abajo.

En ese momento las ardillas comenzaron a reñir al pajarito amarillo por la caída de la princesa. 

El campesino, que desde una corta distancia observaba el panorama se sentó frente a ella y le explicó:

_ ¡Lo siento, no tengo ningún regalo que darte! Yo sólo quería…., pasar un momento contigo y…, todo ha salido mal.

La princesa escuchando atentamente las palabras del campesino y sin dejar de mirar sus hermosos ojos verdes le confesó:

_ Me gustan las personas detallistas; pero más me gustan las personas que saben regalar momentos especiales. Éste ha sido para mi un regalo muy especial.

_ Perdona princesa, pero no sé por qué llamas a esto… momento especial _ preguntó el campesino.

_ He corrido, gritado, sonreído, he tenido contacto con la naturaleza y he disfrutado de una muy buena compañía. ¡UN REGALO ESPECIAL no tiene que ser perfecto, sino mágico! _ maduró la princesa.

Al escuchar esas dulces palabras el campesino sonrió de alivio y felicidad. Su alegría fue mayúscula cuando la princesa se acercó y le besó.


Autora: María Abreu


Toda buena dádiva y todo don perfecto vienen de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación. (Santiago 1:17)



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