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jueves, 6 de abril de 2017

EL DUENDE Y EL TIEMPO

Hace millones de años, el tiempo no estaba medido en horas, días, semanas, meses ni años. Simplemente transcurría sin ningún equilibrio.

Las personas vivían libres de horarios y con una vida desordenada. Por eso, un buen día, un pequeño duende decidió capturar el tiempo para medirlo.

Mágicamente el duende atrapó el tiempo y lo metió dentro de un reloj. Inmediatamente la manecilla del reloj empezó a medir el tiempo por lo que el duende  pensó:

_ Les daré a todas las personas la misma cantidad de tiempo. 24 horas al día y 7 días a la semana para que dediquen tiempo a lo que realmente necesitan tiempo.

Una vez que los habitantes comprendieron la medida del tiempo se pusieron muy felices. Desde entonces comenzaron a vivir una vida más ordenada aprovechando el tiempo en todo lo que hacían.

Pero no pasó mucho tiempo cuando algunos habitantes empezaron a llamar al duende para quejarse de que el tiempo no les alcanzaba. El duende agotado de escuchar tantas quejas les explicó:

_ He repartido el tiempo a cada uno por igual. 24 horas al día y siete días a la semana. Si el tiempo no les alcanza es porque no saben administrarlo. Yo les he dado la magia para que lo administren bien.

Transcurría el tiempo, las mismas personas seguían quejándose delante del duende por lo que éste al borde de un ataque de nervios se marchó de vacaciones hasta el día de hoy.

Autora: María Abreu

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: (Eclesiastés 1: 1)



El príncipe y la sirena, capítulo VI


El té mágico


_ ¡Muchas gracias lindas ardillas!_ dijo el príncipe Gustavo dando la espalda para marcharse.


_ Espera, antes de entrar al manzano deben pedir permiso a las tres hadas que lo cuidan  _ advirtieron las dos ardillas.

_ ¡Gracias por la aclaración! _ expresó el príncipe Marcos.

_ ¡Queremos ir con ustedes! Nosotras estamos un poco aburridas y necesitamos un poco de diversión _ comentaron las dos ardillas.

_ ¡Ok, pueden acompañarnos! _ susurró la joven  Jarisna.

Caminando hasta el agotamiento, al fin llegaron al manzano. Cuando intentaron entrar se cruzaron con las tres hadas: Orquídea, Dalia y Margarita, todas ellas altas, elegantes y de increíble belleza.

_ ¿Qué quieren de este manzano?  ¡Está prohibido acercarse a él!_ advirtió el hada Dalia.

_ Hemos venido en busca de siente hojas de la planta guaco, la necesitamos para curar la enfermedad de nuestro padre _ explicó el príncipe Gustavo mirando al hada Dalia fijamente a los ojos.

_ ¿Y quién les ha dado permiso para venir en busca de esas hojas? _ preguntó el hada Orquídea.

_ Realmente nadie nos ha dado permiso; pero hemos venido por necesidad y urgencia. Le pedimos que tomen en consideración nuestra petición _ suplicó el príncipe Marcos mirando al hada Orquídea a los ojos.

_ Lo sentimos mucho; pero sin el permiso del hada del bosque no podemos darle las siete hojas de la planta guaco _ dijo el hada Margarita.

_ ¡Les aconsejamos que vayan y pidan permiso al hada del bosque!_ sugirió el hada Dalia.

_ ¿Pero dónde podemos encontrarla?_ preguntó la joven Jarisna.

_ Den una vuelta por los lugares más frondosos del bosque, allí estará el hada del bosque _ indicó el hada Orquídea.

Todos se marcharon del lugar y conforme iban caminando escuchaban el cantar de los pájaros, el sonido del viento, las ramas de los árboles bailando la melodía del viento y el olor de las flores que cada vez era más intenso.

Encontraron al hada del bosque regando los árboles con un mágico rocío que salía de sus manos.

Al verla, todos quedaron impresionados por su belleza destacando su hermosa mirada y su andar armonioso. Ésta, les preguntó:

_ ¿Qué buscan los príncipes por este lugar?

_ Necesitamos tu permiso para poder entrar al manzano y buscar unas hojas _ explicó el príncipe Marcos, cansado y triste.

_ Estuve en el jardín del castillo. Desde ahí pude observar a tu padre enfermo _ declaró el hada del bosque que tenía poderes de clarividencia. Y agregó: Sólo el príncipe Gustavo puede entrar a coger las hojas, porque por su causa la bruja Marileyda lanzó el hechizo sobre su padre.

_ ¡Gracias hada del bosque! _  exclamó el príncipe Gustavo.

Después de haber cogido las hojas se marcharon a la orilla del río. Allí hicieron el fogón para hervir el té mágico con las algas marinas y las hojas de la planta guaco.

Cuando el fogón ya estaba preparado Jarisna entonó un canto que sólo el hada del río pudo escuchar. Ésta a su vez, llamó al hada del fuego que lanzando fuego sobre la leña consiguió que el té comenzara a hervir.

Cuando el té mágico hubo hervido lo suficiente, el hada del fuego produjo un extraño sonido llamando al espíritu del aire. Este último llegó con un suave silbido y se encargó de soplar sobre el té para que su aroma llegara al rey Alfonso y le aliviara de su enfermedad.

Mas la bruja Marileyda que colgaba boca abajo de la rama de un árbol no entendía lo que estaba sucediendo. Asustada, decidió volver a su cueva y se alejó de los príncipes.


Cuando el té mágico estuvo listo, los príncipes se dispusieron a  llevar una vasija llena para dárselo a probar a su padre, el rey Alfonso.

_ Esperen…. Primero, debemos recuperar nuestros caballos y a los dos  soldados que la bruja convirtió en conejos. ¡No podemos marcharnos sin ellos!_ advirtió el príncipe Marcos.

Buscando alguna madriguera, se toparon con un conejo blanco que les preguntó:

_ ¿Qué buscáis humanos por nuestra madriguera?

_ Estamos buscando cinco caballos y dos soldados que fueron convertidos en conejos por causa de un hechizo _ explicó la joven Jarisna.

_ ¡Oh, creo que sé cuáles son esos conejos! Son unos que llegaron a nosotros muy asustados, pero son mudos. Nosotros le hemos cuidado y le hemos dado a comer zanahorias. ¡Vengan, acérquense, se los mostraré!_ expuso el conejo blanco.

El  príncipe Gustavo se acercó a los conejos embrujados y  emocionado  gritó:

_ ¡Son ellos! ¿Ahora cómo romperemos el hechizo? _ preguntó el príncipe Gustavo.

_ ¡Tengo una idea, les daré a beber un poco del té mágico a ver si funciona! _dijo la joven Jarisna.

_ ¡Buena idea!_ susurró el príncipe Marcos.

La joven Jarisna se acercó a los conejos embrujados y éstos bebieron. Inmediatamente se rompió el hechizo volviendo de nuevo  a su estado natural.

_ ¿Qué ha pasado?_ preguntó el soldado Leandro.

_Es una historia muy larga. Más tarde se la contaremos. Ahora debemos marcharnos _ propuso el príncipe Marcos.

Los príncipes dieron gracias al conejo blanco y salieron de la madriguera montados en sus caballos dirigiéndose a la Ciudad Real.

Cuando llegaron encontraron al rey Alfonso postrado en cama, pero su respiración había mejorado. Prontamente le dieron a beber del té mágico y el rey se sanó de su extraña enfermedad.

Ese día en el castillo se hizo una gran fiesta por la salud recuperada del rey y todos bailaron y comieron muy felices.


 Autora: María Abreu


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