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viernes, 9 de octubre de 2015

Príncipes, de aventuras por el bosque

Cuando la manecilla del reloj rozaba la media noche, un príncipe alumbrado sólo por la luz de la luna salía desde su palacio a caminar por las llanuras del bosque rumbo a un mágico lago azul. Allí agarraba su guitarra y comenzaba a cantar.

Una princesa que vivía frente al lago lo observaba desde el balcón de su habitación. Muy enojada por los cantos del príncipe envió una lechuza a decirle que hiciera silencio.



_ ¡Sssss! ¡Sssss! Pero como a la lechuza no le gusta dormir de noche, al final se quedó acompañando al príncipe.

Como cada noche cuando la manecilla del reloj rozaba la media noche el príncipe iba al lago a cantar con su guitarra. La princesa cansada de sus cantos decidió tirarle piedras. El príncipe asustado miraba para todos los lados sin descubrir quién se las estaba lanzando.

Más tarde, ella envió a cientos de cigarras, que posándose en los troncos de los árboles entonaron un  canto rechinante. Viendo la princesa que el príncipe estaba aturdido por el escándalo de las cigarras, le pareció muy divertido. Y decidió bajar del balcón para aproximarse al lago con la intención de seguir divirtiéndose haciéndole maldades.

Pero cuando iba de camino, dos lobos salpicados por la luz de la luna le salieron de frente. Entre pausas, aullaban como guerreros feroces. Los lobos se estaban acercando demasiado y la princesa comenzó a gritar pidiendo auxilio. Mas el  príncipe  no podía escucharla por el canto de las cigarras.

Los lobos seguían acercándose y ésta sintiéndose en peligro comenzó a correr velozmente por el bosque sorteando los matorrales; pero tropezó cayendo al suelo. Seguidamente se levantó y cuando intentó seguir, se dio cuenta que no podía ver los reflejos de la luz de la luna que le alumbraban el paso, ni siquiera los farolitos de las luciérnagas. Se había quedado ciega al caer sobre un montón de polen negro.

Entonces angustiada comenzó a gritar una y otra vez. En ese momento las cigarras habían hecho una pausan en su canto y el príncipe logró escuchar los gritos de la princesa e inmediatamente corrió hacia el lugar de donde provenían.

Viendo a la princesa en peligro, el príncipe cogió un palo y se enfrentó a los lobos que la rodeaban consiguiendo ahuyentarlos. En seguida se acercó a la princesa, la tomó de las manos y mirándola a los ojos se dio cuenta de que estaba ciega.

La princesa confundida y asustada le dijo:

_ ¡Márchate! Mas el príncipe con mucha ternura le expresó:

_ ¡Seré tus ojos en la oscuridad!_ Y tomándola de la mano comenzó a caminar con ella hacia el lago azul.

Cuando llegaron al lago el príncipe vio a un unicornio bebiendo agua en la orilla e inmediatamente corrió a pedirle que le devolviera la vista a la princesa.

El unicornio de color azul caminó hacia ella y apuntándole a los ojos con su cuerno  le lanzó un haz de luz. En ese instante la princesa comenzó a ver y a observar todo lo que había a su alrededor. Dirigió su mirada hacia el príncipe y mirándole fijamente, observó sus ojos verdes y el flequillo que reposaba en su frente. Después se acercó a explicarle:

_ Yo no merecía que me rescataras. Me divertía haciéndote maldades desde mi balcón.

_ Lo más importante de reconocer los errores es que te dan la oportunidad de reflexionar para mejorar_ dijo el príncipe con una dulce sonrisa.

El valor del amor
En ese instante el viento sopló suavemente moviendo el pelo de la princesa y le cubrió el rostro. El príncipe le apartó el pelo y la princesa fijando su mirada en los verdes ojos del príncipe se acercó y le besó.

¡Mas la luna seguía alumbrando la noche sin declarar que era a la princesa a quien el príncipe le cantaba cuando la manecilla del reloj rozaba la media noche!

                                                                                       Autora: María Abreu

 El amor no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor (1Corintios 13: 5)



EL TIGRE Y EL RATÓN


Un ratón cansando de ser perseguido por los gatos y de ser rechazado por las personas de la ciudad decidió coger su maleta, ponerse su sombrero y mudarse al bosque.

Allí se hizo amigo de un tigre que era soberbio y de carácter rebelde. Éste muchas veces manipulaba al ratón para que lo acompañara a la orilla del río porque quería contemplar su hermosa imagen reflejada en el agua. Le deleitaba ver su pelaje color naranja y sus rayas en tono marrón oscuro. ¡Presumía de belleza!

......
También lo utilizaba para divertirse tirándolo al suelo con su gran cola. El ratón con su naturaleza escurridiza a veces quería evitarlo pero como le tenía miedo dejaba que se divirtiera a su costa. ¡Aunque le hiciera daño!

Se sentía atrapado bajo la voluntad del tigre y evitaba las discusiones. Una tarde éste le pidió que lo acompañara a las afuera del bosque a lo que el ratón le respondió que era peligroso.

La rebeldía del tigre muchas veces le llevaba a extremos peligrosos y obligó al ratón a ir con él con la excusa de que tanta tranquilidad le aburría.

Mientras disfrutaban del paseo unos cazadores por sorpresa dispararon al tigre el cual cayó dormido y aprovecharon para encerrarlo en una gran jaula de madera. El ratón había corrido sin ser visto y permanecía escondido subido a un árbol.

Los cazadores dejaron al tigre enjaulado con la intención de regresar en la madrugada para llevárselo a la ciudad y luego venderlo.

Ante esta situación el ratón comenzó a pensar que había llegado la oportunidad de librarse de la manipulación del tigre y dejar atrás todos sus miedos. ¡Era la hora de ser libre!

Entonces empezó a bajar del árbol lo más rápido que podía, pero al escuchar el despertar y los rugidos del tigre se asustó y resbaló cayendo al suelo. Ahí se quedó por unos instantes para mirar y disfrutar del encierro y la angustia del tigre…, pero finalmente sintió compasión. ¡No podía dejarle abandonado!

Corrió y subió a la jaula y comenzó a roer el tablón de madera que servía para cerrar la puerta hasta que consiguió devorarlo por completo. Respiró profundamente por unos segundos y luego gritó:

_ ¡Ya estás libre! ¡Corre, disfruta de tu libertad porque puede ser que mañana te la roben!

El tigre asustado y con lágrimas en los ojos echó a correr a toda prisa hacia el interior del bosque.

Al día siguiente cuando los cazadores encontraron la jaula vacía comprendieron que el tigre se había escapado y se marcharon entendiendo que perseguirle dentro del bosque era muy peligroso para ellos.



En aquel momento el ratón comenzó a disfrutar de su tranquilidad. Se sentía feliz lejos del tigre y aprovechaba cada día para disfrutar de las cosas que más le gustaban. Se pasaba los días recolectando frutos, trepando, saltando y haciendo algunos agujeritos en los troncos de los árboles.

Pero para su sorpresa, cuando menos se lo esperaba, apareció el tigre diciéndole:

_ ¡Gracias amigo por salvarme! ¡Perdona mi mal comportamiento!

_ ¡Estás perdonado, te puedes ir!_ dijo el ratón decidido a no dejarse manipular por nadie.

_ ¡Quiero ser tu amigo! ¡Te prometo que esta vez todo será diferente!_ exclamó el tigre.

El ratón no  creía lo que estaba escuchando y añadió:

_ Si es cierto lo que estás diciendo tendrás que demostrarlo pero lejos de mi.

Pero el tigre estaba dispuesto a ganarse su confianza y amistad. Así que cada día intentaba hacerle compañía y le llevaba diferentes alimentos.

También lo agarraba con su gran cola y lo montaba encima para llevárselo a  pasear de una manera súper divertida. Hasta que al final consiguió ganarse la confianza del ratón y se hicieron muy buenos amigos.

Autora: María Abreu
Diga el débil: Fuerte soy (Joel 3:10)




lunes, 28 de septiembre de 2015

El cocuyo y la luciérnaga


                      

Una cálida tarde de verano, un cocuyo de color negro y una luciérnaga jugaban juntos entre las ramas  de los árboles del denso bosque.

El valor de la superación
Pasadas las horas, el bosque comenzaba a ponerse semi oscuro, algunos árboles apenas se veían en la sombra.

Empezaba a caer la noche; por lo que el cocuyo le dijo a la luciérnaga que debían marcharse a sus madrigueras.

Mientras volaban el cocuyo iba alumbrando el camino, pero mientras avanzaba se percató de que la luciérnaga no llevaba su luz encendida y le dijo:


_ ¡Enciende tu luz!

La luciérnaga confundida en la oscuridad le manifestó:

_ ¡No es necesario!

El cocuyo en silencio comprendió que debía explicarle a la luciérnaga la importancia de la luz. Para ello cambió de rumbo y la  llevó a la cúspide de  una montaña.

Cuando subieron al pico de la montaña, el cocuyo le mostró el bosque desde las alturas y comenzó a  explicarle:    
       
_ Aunque tenemos luces diferentes,  podemos iluminar en la oscuridad de igual manera.

_ Es que me da miedo iluminar. Además soy muy tímida, no me gusta destacar_ dijo la luciérnaga.

Mas el cocuyo con sus luces azuladas y bastante vivas continuó explicando:

_ Con tu luz puedes cambiar un paisaje de sombra y oscuridad por otro paisaje de luz y seguridad.

Luego continuó diciendo:

_ Saca la luz que tienes en tu interior y expándela, podrás alumbrar el camino a los demás.

Al escuchar estas palabras la luciérnaga reflexionó y decidió activar su luz, descubriendo que no podía esconder el brillo que llevaba dentro. Y fue muy feliz alumbrando el bosque junto al cocuyo.

Autora: María Abreu


Y si te ofreces al hambriento, y sacias el deseo del afligido, entonces surgirá tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad será como el mediodía. (Isaías 58: 10)



jueves, 10 de septiembre de 2015

El ratón ansioso



En un pequeño campo vivía el ratón Ramón. Su pancita era redonda y sus bigotes largos. Le encantaba mover su colita al viento cuando caminaba por el campo alegremente.

Un día, mirando que las tierras del campo eran fértiles decidió hacerse agricultor. Compró algunas semillas que luego sembró en la tierra.

Le preocupaba tanto que las semillas no germinaran que trabajaba hasta altas horas de la noche, alumbrado por los farolitos de las luciérnagas que le acompañaban.

Una tarde, cansado de tanto trabajar, angustiado y con lágrimas en los ojos, se sentó bajo la sombra de un árbol.

Un jilguero que lo estaba observando desde la rama del mismo árbol decidió bajar de la rama para explicarle: 

Una de la causa de tu ansiedad es intentar cambiar algo que está fuera de tu control. Si ya has sembrado la semilla ahora le toca a Dios hacer que germinen.

_Es que por más que me afano, estas semillas no crecen y me gustaría que lo hicieran rápido _ se lamentó el ratón.

El jilguero moviendo su cabeza de derecha a izquierda, levantó el vuelo y se marchó. 

Luego el ratón se fue a su madriguera a descansar. Pero acostado en su cama, seguía preocupado y angustiado.

Al día siguiente se levantó muy de mañana y vio que las semillas aún no habían crecido y para colmo se anunciaba una sequía en el campo. Entonces decidió ponerse un sombrero y unas gafas de sol para regar la tierra con un cubito de agua.

Unos días más tarde el ratón Ramón se encontraba sentado en la puerta de su madriguera secándose el sudor de la frente. Pensaba que las semillas habrían muerto por causa de la sequía.

Pero para su sorpresa vio que unas nubes negras descendían de las montañas. Minutos después unas gotitas de aguas comenzaban a caer y a evaporarse por causa del calor de la tierra. El ratón saltaba de felicidad.  ¡La lluvia caía!

Al día siguiente se levantó muy de mañana como de costumbre y saltaba de alegría al ver que habían crecidos unas hermosas plantitas verdes.

Al final el ratón comprendió que no debía ponerse ansioso por aquellas cosas que no podía controlar

Autora: María Abreu

¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? (Mateo 6: 27) 





lunes, 7 de septiembre de 2015

El náufrago y la codicia

Había una vez un hombre que había naufragado en una isla en medio del mar. Hacía mucho calor y como tenía sed se puso de rodillas y juntando sus manos comenzó a orar:

_Señor, estoy en una isla en medio del mar. Tengo mucha sed. Dame un coco de agua, por favor, Señor, un coco de agua_ Dios le dio el coco de agua.

_ Señor tengo frío, dame fuego. Por favor, Señor, dame fuego_ Dios le suplió el fuego.

Náufrago

_ Señor tengo hambre. Dame peces Señor, por favor, dame peces_ Dios le proporcionó los peces.

Cuando el náufrago vio que tenía todo lo necesario para vivir comenzó a desear más cosas:

_ Señor quiero un maletín de joyas, dos coches, gafas de sol, un portátil…

Con tanto peso la isla empezó a hundirse y el náufrago puesto de rodillas comenzó a gritar:

_ ¡Señor, sálvame, sálvame por favor qué me hundo!

Autora: María Abreu



Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis, porque El mismo ha dicho: NUNCA TE DEJARE NI TE DESAMPARARE. (Hebreos 13: 5)
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miércoles, 12 de agosto de 2015

El hada del río




En las profundidades de un gran bosque había un magnífico río cuyas aguas se vestían de los colores del arcoíris por los penetrantes rayos del sol.

Era un río fantástico con aguas limpias y cristalinas que motivaba a un joven príncipe a irse de pesca todo el verano.

Un buen día mientras pescaba descubrió a una joven de larga y abundante cabellera sentada sobre una roca jugando con los peces. El príncipe sonrió al ver el panorama y  luego vociferó:

_ ¡Hola!

La joven lo miró con sus penetrantes ojos verdes sin decir nada.

_ ¿Por qué no sales del agua y pescamos juntos? _ clamó el príncipe rompiendo el silencio.

Pero la joven como no le gustaba estar en compañía se sumergió bajo el agua y comenzó a nadar alejándose del lugar metiéndose en una cueva.

Allí, en su soledad, comenzó a sentir curiosidad por saber qué se sentiría al estar en  compañía de alguien.

Esta curiosidad hizo que comenzara a nadar hasta donde había dejado al príncipe. Pero cuando sacó la cabeza del río el príncipe ya no estaba.

Salió del agua y anduvo por el bosque durante varias horas con la ilusión de encontrarlo; pero se detuvo al escuchar una rara voz  susurrar: 

_ ¡Ya tengo mi banquete! ¡Ya tengo mi banquete!

Con mucha curiosidad siguió el sonido de la voz descubriendo a un duende en pijama que estaba haciendo una hoguera para comerse al príncipe asado.

_ ¡Duende malvado, suéltalo ya!_ ordenó la joven.

Éste la miró con sus ojos envueltos en llamas e inmediatamente comenzó a lanzarle llamas de fuego por su boca. En ese mismo instante la joven levantó sus manos  y soltando grandes chorros de aguas por sus dedos apagó el fuego.

Viendo esto, el duende levantó sus manos e hizo que sus afiladas uñas comenzaran a crecer apuntando hacia la joven. Pero seguidamente la joven frotó sus manos expulsando miles de burbujas de colores para distraerlo.

Cuando el duende vio tantas burbujas flotando en el aire comenzó a jugar felizmente dando saltitos pinchándolas con sus uñas.

La joven aprovechó esta situación y escapó junto al príncipe hacia la orilla del río.  Allí el príncipe le agradeció que le salvara la vida cantándole una dulce canción.

Al final de la canción la joven le miró con ternura y le dijo:

_ He comprendido que es mejor vivir en compañía; porque de esta manera se construye mejor la felicidad…

Después de haber dicho esto levantó sus manos y produjo una corriente de aire que chocó con la superficie del río haciendo que muchos peces de colores salieran a la orilla a hacer piruetas. El príncipe entre risas sólo observaba el espectáculo descubriendo que la joven era el hada del río.

A partir de ese momento se hicieron muy buenos amigos. El príncipe iba a visitarla cada tarde hasta que al final decidió declararle su amor.

Cada día construían la felicidad, lejos del rencor, haciendo crecer la serenidad del alma.

Autora: María Abreu

Más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levantará al otro. ¡Hay del que cae y no tiene quien lo levante. (Eclesiastés 4: 9-10)

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miércoles, 18 de marzo de 2015

El ratón que no sabía perdonar

En un pequeño pueblo llamado “Ratópolis” vivía el ratón Juanito en una casita  construida en el interior del tronco de un viejo árbol.

De vez en cuando salía a caminar por el pueblo con su cola hacia abajo porque se sentía amargado. Estaba decepcionado de los amigos porque muchos le habían humillado y ofendido. Por eso cortó la amistad con todos eligiendo vivir en soledad.


Un día, cuando Juanito estaba recogiendo nueces, un pájaro azul llegó a “Ratópolis” anunciando a través de su canto la llegada de una gran tormenta.

Ante este aviso todos los ratones corrieron hacia la montaña para construir madrigueras entre las rocas en forma de túneles. 

Cuando Juanito había terminado de construir su madriguera un ratoncito muy simpático se acercó ofreciéndole suaves plumitas para que acomodara el suelo de su madriguera, pero Juanito no aceptó.
....... ......

También una pareja de ratones se aproximaron a Juanito pidiéndole algunas nueces mas Juanito no se las dio.

Un anciano ratón viendo la actitud  de Juanito decidió acercarse para preguntarle:

_ ¿Qué te pasa Juanito? ¿Por qué estás actuando así con los demás?

_ ¡Porque me ofendieron y me lastimaron en el pasado!_ respondió Juanito.

_ ¿Pero no te das cuenta de que tú también estás ofendiendo con tu actitud? Es imposible caminar por la vida sin lastimar y sin ser lastimado.

Juanito guardó silencio y el anciano continuó diciendo:

_ Debes aprender a perdonar. El perdón es el mejor camino para alcanzar la paz interior porque nos libera del rencor.

En ese instante comenzó a caer la tormenta y Juanito le pidió al anciano que se quedara en su madriguera.

Pasadas unas horas la tormenta pasó y todos los ratones salieron de la madriguera para disfrutar de los primeros rayos del sol sentados sobre una roca con unas gafitas de sol.

En ese momento llegó Juanito con su colita al viento y compartió nueces y semillas con todos. Con esta actitud pidió perdón y perdonó a los que les habían lastimado.


Autora: María Abreu


Porque si perdonareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también á vosotros vuestro Padre celestial. (Mateo 6:14)

LEER EL CUENTO EN INGLÉS: El ratón que no sabía perdonar



miércoles, 21 de enero de 2015

El hada hechizada

Rosángel era un hada que vivía tras la cortina de una cascada. Cada noche salía de la cascada y caminaba sobre los claros del bosque rumbo a su mágico castillo de paredes semitransparentes. Allí se sentaba en la terraza y  bajo la luz de la luna hidrataba su piel con aceites de rosas.

Una noche, cerca del castillo, escuchó el aullido de los lobos y le preocupó mucho escuchar a una persona pedir auxilio. Corrió hacia el lugar y se detuvo al ver a un hermoso príncipe que estaba muy asustado porque una manada de lobos lo estaban rodeando.

El hada se acercó a los lobos y observó en sus ojos el reflejo de la luz de la luna llena.  Los miró fijamente e hizo que éstos cayeran al suelo rendidos de sueño. Después miró a su alrededor para tranquilizar al príncipe, pero éste ya no estaba.

Decidida a marcharse caminó un poco pero se detuvo cuando escuchó una voz que gritaba:

_ ¡No te vayas, espera un momento por favor!

El hada buscó con su mirada a la persona que le hablaba y sonrió al ver al príncipe encaramado a un árbol. Éste comenzó a bajar despacio y justamente cuando estaba llegando a la base del tronco resbaló y se cayó. Muy avergonzado se levantó y se acercó al hada diciéndole:

_ Perdona, entiendo que yo debía protegerte contra los lobos; pero el espíritu de supervivencia me dominó.

El hada con una dulce sonrisa en sus rosados labios dirigió la mirada hacia el suelo y luego la levantó para mirar al príncipe a los ojos con una inquietante pregunta:

_ ¡Es peligroso caminar por el bosque de noche! ¿Qué buscabas?

_ Algunas noches vengo a buscar grillos para llevarlos como mascotas y que canten en mi jardín_ respondió el príncipe.

Sobraban las palabras, el hada y el príncipe se enamoraron y cada noche el príncipe iba al bosque para verla. Hasta que una noche decidió preguntarle:

_ ¿Por qué no puedo verte de día bajo la luz del sol?

El hada tristemente comenzó a contarle:

_Una malvada bruja me lanzó un hechizo condenándome a vivir en la oscuridad. Si un rayo de sol tocara mi piel me derretiría y me convertiría en agua para siempre. Y para ocultarme de los rayos del día, me escondo tras la cortina de esta cascada.

Mientras el príncipe y el hada continuaban hablando sentados cerca de la cascada porque ya estaba cerca el amanecer, la malvada bruja los observaba desde la rama de un árbol convertida en un murciélago. La bruja que envidiaba la belleza del hada lanzó unos polvos mágicos y la durmió.

El príncipe al verla durmiendo intentó ponerla a salvo bajo la sombra de un árbol, pero el amanecer trajo consigo los penetrantes rayos del sol que al tocar la piel del hada  la convirtieron en agua.

El príncipe que en ese momento la tenía en sus brazos, veía cómo el agua caía des sus brazos al suelo y corría hacia el río arrastrada por su corriente.

Llorando de impotencia, el príncipe no quería moverse de aquel lugar. Sin embargo un duende que conocía los hechizos de la malvada bruja lo estaba observando detrás de un tronco y decidió acercarse para ayudarle explicándole:

_ Lánzale rosas al río. Las rosas llevan consigo un sentimiento de amor y tienen ausencia de maldad. De esta manera romperás el hechizo de la malvada bruja.

El príncipe sin mediar palabras corrió y buscó 12 rosas las cuales lanzó al río. En ese instante el río mágicamente dio un giro y formando un remolino de agua lanzó al hada a la orilla.

Sonriendo de felicidad el príncipe la abrazó. Luego mirando al duende y dándole las gracias le pidió  que se fuera a vivir con ellos al castillo de la ciudad real.

Allí fueron muy felices porque vivieron sin ningún tipo de rencor a pesar de las maldades de la bruja. Sin embargo, a ésta la mató la envidia.

Autora: María Abreu

Es cierto que al necio lo mata la ira, y al codicioso lo consume la envidia. (Job 5:2) 




miércoles, 31 de diciembre de 2014

El puercoespín que no quería juntarse con los demás

En las profundidades de un gran bosque había un magnífico río cuyas aguas se vestían de los colores del arcoíris por los penetrantes rayos del sol.

Cerca de allí vivía un puercoespín llamado Enzo que tenía una linda casita dentro del hueco de un viejo árbol.
El puercoespín que no quería juntarse con los demás

Todos los días salía a divertirse trepando velozmente por los árboles. Le gustaba cuidar su salud y coleccionaba hojitas de plantas medicinales para curarse de cualquier tipo de enfermedad haciendo ricos tés.

Un día, en el bosque, mientras daba un paseo, comenzaron a caer numerosos copitos de nieve anunciando la llegada del invierno. Enzo corrió y buscó refugio en su casita.

Los demás puercoespines al ver que el frío iba en aumento decidieron juntarse en una misma madriguera para mantener el calor.

Al percatarse de que Enzo no estaba en el grupo decidieron ir a su casita a invitarle a unirse al grupo; pero Enzo les dijo que no pretendía juntarse con ellos porque no quería que lo pincharan con sus púas y espinas.


Los demás puercoespines se marcharon del lugar y permanecieron juntos dentro de una misma madriguera manteniendo el calor.

Al día siguiente, muy preocupados, decidieron volver a la casita de Enzo y lo encontraron casi muerto de frío. Al verlo temblando y con hipotermia prefirieron llevárselo con ellos.

Al llegar a la madriguera comenzaron a juntarse alrededor de Enzo para darle calor. En ese instante Enzo comenzó a sentir el dolor de las púas y las espinas y reflexionó:

_ ¡Prefiero sentir el dolor de estar cerca de los demás y no morir de frío en la soledad!

Pasadas varias horas, cuando ya había dejado de titiritar, se levantó y regaló a cada uno de sus compañeros una hojita con este mensaje escrito:

_ Muchas veces miramos las púas y las espinas de los demás y no nos damos cuenta que nosotros también las tenemos. ¡Gracias por haberme aceptado como soy!


Autora: María Abreu


¿O cómo puedes decir a tu hermano: ``Hermano, déjame sacarte la paja que está en tu ojo, cuando tú mismo no ves la viga que está en tu ojo? (Lucas 6: 42) 



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