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lunes, 7 de septiembre de 2015

El náufrago y la codicia

Había una vez un hombre que había naufragado en una isla en medio del mar. Hacía mucho calor y como tenía sed se puso de rodillas y juntando sus manos comenzó a orar:

_Señor, estoy en una isla en medio del mar. Tengo mucha sed. Dame un coco de agua, por favor, Señor, un coco de agua_ Dios le dio el coco de agua.

_ Señor tengo frío, dame fuego. Por favor, Señor, dame fuego_ Dios le suplió el fuego.

Náufrago

_ Señor tengo hambre. Dame peces Señor, por favor, dame peces_ Dios le proporcionó los peces.

Cuando el náufrago vio que tenía todo lo necesario para vivir comenzó a desear más cosas:

_ Señor quiero un maletín de joyas, dos coches, gafas de sol, un portátil…

Con tanto peso la isla empezó a hundirse y el náufrago puesto de rodillas comenzó a gritar:

_ ¡Señor, sálvame, sálvame por favor qué me hundo!

Autora: María Abreu



Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis, porque El mismo ha dicho: NUNCA TE DEJARE NI TE DESAMPARARE. (Hebreos 13: 5)
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miércoles, 12 de agosto de 2015

El hada del río




En las profundidades de un gran bosque había un magnífico río cuyas aguas se vestían de los colores del arcoíris por los penetrantes rayos del sol.

Era un río fantástico con aguas limpias y cristalinas que motivaba a un joven príncipe a irse de pesca todo el verano.

Un buen día mientras pescaba descubrió a una joven de larga y abundante cabellera sentada sobre una roca jugando con los peces. El príncipe sonrió al ver el panorama y  luego vociferó:

_ ¡Hola!

La joven lo miró con sus penetrantes ojos verdes sin decir nada.

_ ¿Por qué no sales del agua y pescamos juntos? _ clamó el príncipe rompiendo el silencio.

Pero la joven como no le gustaba estar en compañía se sumergió bajo el agua y comenzó a nadar alejándose del lugar metiéndose en una cueva.

Allí, en su soledad, comenzó a sentir curiosidad por saber qué se sentiría al estar en  compañía de alguien.

Esta curiosidad hizo que comenzara a nadar hasta donde había dejado al príncipe. Pero cuando sacó la cabeza del río el príncipe ya no estaba.

Salió del agua y anduvo por el bosque durante varias horas con la ilusión de encontrarlo; pero se detuvo al escuchar una rara voz  susurrar: 

_ ¡Ya tengo mi banquete! ¡Ya tengo mi banquete!

Con mucha curiosidad siguió el sonido de la voz descubriendo a un duende en pijama que estaba haciendo una hoguera para comerse al príncipe asado.

_ ¡Duende malvado, suéltalo ya!_ ordenó la joven.

Éste la miró con sus ojos envueltos en llamas e inmediatamente comenzó a lanzarle llamas de fuego por su boca. En ese mismo instante la joven levantó sus manos  y soltando grandes chorros de aguas por sus dedos apagó el fuego.

Viendo esto, el duende levantó sus manos e hizo que sus afiladas uñas comenzaran a crecer apuntando hacia la joven. Pero seguidamente la joven frotó sus manos expulsando miles de burbujas de colores para distraerlo.

Cuando el duende vio tantas burbujas flotando en el aire comenzó a jugar felizmente dando saltitos pinchándolas con sus uñas.

La joven aprovechó esta situación y escapó junto al príncipe hacia la orilla del río.  Allí el príncipe le agradeció que le salvara la vida cantándole una dulce canción.

Al final de la canción la joven le miró con ternura y le dijo:

_ He comprendido que es mejor vivir en compañía; porque de esta manera se construye mejor la felicidad…

Después de haber dicho esto levantó sus manos y produjo una corriente de aire que chocó con la superficie del río haciendo que muchos peces de colores salieran a la orilla a hacer piruetas. El príncipe entre risas sólo observaba el espectáculo descubriendo que la joven era el hada del río.

A partir de ese momento se hicieron muy buenos amigos. El príncipe iba a visitarla cada tarde hasta que al final decidió declararle su amor.

Cada día construían la felicidad, lejos del rencor, haciendo crecer la serenidad del alma.

Autora: María Abreu

Más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levantará al otro. ¡Hay del que cae y no tiene quien lo levante. (Eclesiastés 4: 9-10)

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miércoles, 18 de marzo de 2015

El ratón que no sabía perdonar

En un pequeño pueblo llamado “Ratópolis” vivía el ratón Juanito en una casita  construida en el interior del tronco de un viejo árbol.

De vez en cuando salía a caminar por el pueblo con su cola hacia abajo porque se sentía amargado. Estaba decepcionado de los amigos porque muchos le habían humillado y ofendido. Por eso cortó la amistad con todos eligiendo vivir en soledad.


Un día, cuando Juanito estaba recogiendo nueces, un pájaro azul llegó a “Ratópolis” anunciando a través de su canto la llegada de una gran tormenta.

Ante este aviso todos los ratones corrieron hacia la montaña para construir madrigueras entre las rocas en forma de túneles. 

Cuando Juanito había terminado de construir su madriguera un ratoncito muy simpático se acercó ofreciéndole suaves plumitas para que acomodara el suelo de su madriguera, pero Juanito no aceptó.
....... ......

También una pareja de ratones se aproximaron a Juanito pidiéndole algunas nueces mas Juanito no se las dio.

Un anciano ratón viendo la actitud  de Juanito decidió acercarse para preguntarle:

_ ¿Qué te pasa Juanito? ¿Por qué estás actuando así con los demás?

_ ¡Porque me ofendieron y me lastimaron en el pasado!_ respondió Juanito.

_ ¿Pero no te das cuenta de que tú también estás ofendiendo con tu actitud? Es imposible caminar por la vida sin lastimar y sin ser lastimado.

Juanito guardó silencio y el anciano continuó diciendo:

_ Debes aprender a perdonar. El perdón es el mejor camino para alcanzar la paz interior porque nos libera del rencor.

En ese instante comenzó a caer la tormenta y Juanito le pidió al anciano que se quedara en su madriguera.

Pasadas unas horas la tormenta pasó y todos los ratones salieron de la madriguera para disfrutar de los primeros rayos del sol sentados sobre una roca con unas gafitas de sol.

En ese momento llegó Juanito con su colita al viento y compartió nueces y semillas con todos. Con esta actitud pidió perdón y perdonó a los que les habían lastimado.


Autora: María Abreu


Porque si perdonareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también á vosotros vuestro Padre celestial. (Mateo 6:14)

LEER EL CUENTO EN INGLÉS: El ratón que no sabía perdonar



miércoles, 21 de enero de 2015

El hada hechizada

Rosángel era un hada que vivía tras la cortina de una cascada. Cada noche salía de la cascada y caminaba sobre los claros del bosque rumbo a su mágico castillo de paredes semitransparentes. Allí se sentaba en la terraza y  bajo la luz de la luna hidrataba su piel con aceites de rosas.

Una noche, cerca del castillo, escuchó el aullido de los lobos y le preocupó mucho escuchar a una persona pedir auxilio. Corrió hacia el lugar y se detuvo al ver a un hermoso príncipe que estaba muy asustado porque una manada de lobos lo estaban rodeando.

El hada se acercó a los lobos y observó en sus ojos el reflejo de la luz de la luna llena.  Los miró fijamente e hizo que éstos cayeran al suelo rendidos de sueño. Después miró a su alrededor para tranquilizar al príncipe, pero éste ya no estaba.

Decidida a marcharse caminó un poco pero se detuvo cuando escuchó una voz que gritaba:

_ ¡No te vayas, espera un momento por favor!

El hada buscó con su mirada a la persona que le hablaba y sonrió al ver al príncipe encaramado a un árbol. Éste comenzó a bajar despacio y justamente cuando estaba llegando a la base del tronco resbaló y se cayó. Muy avergonzado se levantó y se acercó al hada diciéndole:

_ Perdona, entiendo que yo debía protegerte contra los lobos; pero el espíritu de supervivencia me dominó.

El hada con una dulce sonrisa en sus rosados labios dirigió la mirada hacia el suelo y luego la levantó para mirar al príncipe a los ojos con una inquietante pregunta:

_ ¡Es peligroso caminar por el bosque de noche! ¿Qué buscabas?

_ Algunas noches vengo a buscar grillos para llevarlos como mascotas y que canten en mi jardín_ respondió el príncipe.

Sobraban las palabras, el hada y el príncipe se enamoraron y cada noche el príncipe iba al bosque para verla. Hasta que una noche decidió preguntarle:

_ ¿Por qué no puedo verte de día bajo la luz del sol?

El hada tristemente comenzó a contarle:

_Una malvada bruja me lanzó un hechizo condenándome a vivir en la oscuridad. Si un rayo de sol tocara mi piel me derretiría y me convertiría en agua para siempre. Y para ocultarme de los rayos del día, me escondo tras la cortina de esta cascada.

Mientras el príncipe y el hada continuaban hablando sentados cerca de la cascada porque ya estaba cerca el amanecer, la malvada bruja los observaba desde la rama de un árbol convertida en un murciélago. La bruja que envidiaba la belleza del hada lanzó unos polvos mágicos y la durmió.

El príncipe al verla durmiendo intentó ponerla a salvo bajo la sombra de un árbol, pero el amanecer trajo consigo los penetrantes rayos del sol que al tocar la piel del hada  la convirtieron en agua.

El príncipe que en ese momento la tenía en sus brazos, veía cómo el agua caía des sus brazos al suelo y corría hacia el río arrastrada por su corriente.

Llorando de impotencia, el príncipe no quería moverse de aquel lugar. Sin embargo un duende que conocía los hechizos de la malvada bruja lo estaba observando detrás de un tronco y decidió acercarse para ayudarle explicándole:

_ Lánzale rosas al río. Las rosas llevan consigo un sentimiento de amor y tienen ausencia de maldad. De esta manera romperás el hechizo de la malvada bruja.

El príncipe sin mediar palabras corrió y buscó 12 rosas las cuales lanzó al río. En ese instante el río mágicamente dio un giro y formando un remolino de agua lanzó al hada a la orilla.

Sonriendo de felicidad el príncipe la abrazó. Luego mirando al duende y dándole las gracias le pidió  que se fuera a vivir con ellos al castillo de la ciudad real.

Allí fueron muy felices porque vivieron sin ningún tipo de rencor a pesar de las maldades de la bruja. Sin embargo, a ésta la mató la envidia.

Autora: María Abreu

Es cierto que al necio lo mata la ira, y al codicioso lo consume la envidia. (Job 5:2) 




miércoles, 31 de diciembre de 2014

El puercoespín que no quería juntarse con los demás

En las profundidades de un gran bosque había un magnífico río cuyas aguas se vestían de los colores del arcoíris por los penetrantes rayos del sol.

Cerca de allí vivía un puercoespín llamado Enzo que tenía una linda casita dentro del hueco de un viejo árbol.
El puercoespín que no quería juntarse con los demás

Todos los días salía a divertirse trepando velozmente por los árboles. Le gustaba cuidar su salud y coleccionaba hojitas de plantas medicinales para curarse de cualquier tipo de enfermedad haciendo ricos tés.

Un día, en el bosque, mientras daba un paseo, comenzaron a caer numerosos copitos de nieve anunciando la llegada del invierno. Enzo corrió y buscó refugio en su casita.

Los demás puercoespines al ver que el frío iba en aumento decidieron juntarse en una misma madriguera para mantener el calor.

Al percatarse de que Enzo no estaba en el grupo decidieron ir a su casita a invitarle a unirse al grupo; pero Enzo les dijo que no pretendía juntarse con ellos porque no quería que lo pincharan con sus púas y espinas.


Los demás puercoespines se marcharon del lugar y permanecieron juntos dentro de una misma madriguera manteniendo el calor.

Al día siguiente, muy preocupados, decidieron volver a la casita de Enzo y lo encontraron casi muerto de frío. Al verlo temblando y con hipotermia prefirieron llevárselo con ellos.

Al llegar a la madriguera comenzaron a juntarse alrededor de Enzo para darle calor. En ese instante Enzo comenzó a sentir el dolor de las púas y las espinas y reflexionó:

_ ¡Prefiero sentir el dolor de estar cerca de los demás y no morir de frío en la soledad!

Pasadas varias horas, cuando ya había dejado de titiritar, se levantó y regaló a cada uno de sus compañeros una hojita con este mensaje escrito:

_ Muchas veces miramos las púas y las espinas de los demás y no nos damos cuenta que nosotros también las tenemos. ¡Gracias por haberme aceptado como soy!


Autora: María Abreu


¿O cómo puedes decir a tu hermano: ``Hermano, déjame sacarte la paja que está en tu ojo, cuando tú mismo no ves la viga que está en tu ojo? (Lucas 6: 42) 



viernes, 28 de noviembre de 2014

Para ver el arcoíris



Al Sur de un hermoso país donde no llovía demasiado vivía la niña Noelia. Deseaba la llegada de la lluvia para que los campos estuvieran verdes y para que los árboles florecieran con lindos y variados colores.

Noelia nunca había visto un arcoíris y anhelaba ver si aparecía uno después de la lluvia. Pero como en el Sur llovía poco le pidió a su padre que se fueran de vacaciones a la casa de campo que tenían al Norte. El padre al escuchar la petición de su hija le pareció muy buena idea y se marcharon hacia allí.

Según pasaban los días, Noelia disfrutaba corriendo por el campo, gozaba jugando con sus amiguitos y algunas tardes se iba de pesca a un pequeño riachuelo. ¡Todo era muy divertido!

Sin embargo los días iban pasando y Noelia en muchas ocasiones miraba hacia el cielo para ver si la lluvia llegaba, pero ésta tardaba.

Al ver a su hija un poco decepcionada, el padre decidió llevarla a recorrer el campo montados a caballo, algo que a Noelia le emocionó enormemente.

Mientras cabalgaban por el campo, ya lejos de la casona, comenzó a llover de repente. La lluvia caía precipitadamente acompañada de truenos y relámpago.

Noelia sintió miedo en medio de la pradera y su padre al ver la lluvia caer le dijo:

_ Será mejor que regresemos a la casona.

Ambos decidieron dar media vuelta pero Noelia comenzó a tener frio. El padre al verla que se estaba quedando atrás  intentó animarla dando voces:

_ ¡Sé fuerte hija, saldremos de ésta!  ¡Yo estoy contigo!

Mas la lluvia seguía cayendo fuertemente y los truenos parecían que iban a partir los árboles en dos.
Bajo esta tormenta Noelia seguía teniendo frio, miedo y angustia. Sus lágrimas comenzaron a mezclarse con la lluvia pero sabía que no podía detenerse. ¡¡Era hora de avanzar!!

Corrió y corrió hasta que por fin llegó a la casona y entre gritos y lágrimas le preguntó al padre:

_ ¿Por qué tuve que pasar por todo esto?

_ Porque si deseas ver el arcoíris tendrás que aprender a soportar la tormenta_ respondió el padre dulcemente.

Noelia en silencio se fue meditando a su habitación y se acostó mientras seguía escuchando el retumbar de la lluvia.

Al amanecer, la tormenta ya había pasado y la luz del sol estaba entrando por la ventana despertándola.

Cuando Noelia abrió la ventana elevó la mirada y vio un gran arco alrededor del cielo mostrando sus bellos colores.

Noelia muy impresionada llamó a su padre con mucha alegría y señalando el arcoíris le dijo:

_ Ahora entiendo que el arcoíris sólo se hace visible después de la tormenta.


Autora: María Abreu

“El Señor es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en Él confían” (Nahum 1:7);
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domingo, 16 de noviembre de 2014

El saltamontes y el grillo en busca de aventuras





Había llegado el verano y el sol brillaba en su máximo esplendor, todos los animales disfrutaban de esta hermosa estación para salir a jugar y a divertirse.

Un saltamontes que saltaba de rama en rama en los jardines de un pequeño bosque se encontró con su amigo el grillo sentado sobre una hoja tocando la guitarra y cantándole a unas mariposas.

El saltamontes moviendo sus patitas de puntillas y dando unos pasitos para adelante y otros para atrás bailó por un ratito y luego se acercó al grillo a proponerle que fueran a practicar piragüismo al río.

El grillo muy entusiasmado aceptó la propuesta y ambos agarraron una gran hoja de un árbol y se la llevaron volando hacia el río. Una vez allí dejaron caer la hoja sobre sus aguas y se sentaron sobre ella.

Con dos palitos que habían convertido en dos palas comenzaron a remar descendiendo a gran velocidad por las bravas aguas del río.

_ ¡Wow! ¡A esto se le llama deporte acuático! _ gritó el saltamontes muy feliz.

_ ¡Guau! ¡Cómo se nota que tomar aire y hacer deporte recrea el ánimo!_ exclamó el grillo emocionado.

Continuaron remando río abajo sonriendo cada vez que las gotitas de agua les salpicaban sus cabezas. Pero cuando menos se lo esperaban escucharon un sonido y al mirar para arriba se percataron de que un cuco de color gris azulado los estaba persiguiendo con la intención de comérselos.

Al cuco le hizo mucha gracia ver a sus víctimas practicando piragüismo y para burlarse de ellos hizo un par de acrobacias en el aire. Luego voló hacia ellos con el pico abierto, inmediatamente el grillo se puso de pie sobre la hoja y comenzó a hacer zigzag con la pala alejando momentáneamente al cuco de ellos.

Mas el cuco no se daba por vencido y lo intentaba una y otra vez haciendo que la hoja se inclinara y finalmente volcara. Seguidamente el grillo y el saltamontes nadaron hacia una roca que estaba cerca. El cuco al verlos sobre la roca dirigió su vuelo hacia ellos una vez más.

Un niño que jugaba con sus padres cerca del río vio al cuco y gritó:

_ ¡Papá quiero ese cuco, vamos a atraparlo!

El cuco al escuchar esto se alejó del lugar y se posó sobre una rama recordando que un tiempo atrás estuvo preso dentro de una jaula y pensó que quizás duró ese tiempo preso porque se dedicaba a atrapar insectos. Y como no quería volver a estar enjaulado se marchó del lugar.

Cuando el grillo y el saltamontes vieron al cuco irse, planearon la forma de salir de allí. Aprovechando que una hoja de un árbol había caído cerca de ellos, rápidamente  el saltamontes montó al grillo sobre su espalda y dando un gran saltó cayeron sobre la hoja y comenzaron a nadar hacia la orilla.

Una vez en la orilla del río agarraron una hoja e hicieron dos conos. En ellos pusieron un  poco de agua y la mezclaron con unas gotitas de miel de sus amigas las abejas. Caminaron hasta la sombra de un árbol y allí se sentaron para brindar por el día veraniego tan estupendo que habían disfrutado.

Autora: María Abreu

El Señor es mi pastor, nada me falta. Él me hace descansar en verdes pastos. Me conduce hacia fuentes tranquilas.   ( Salmos 23: 1-4)


sábado, 15 de noviembre de 2014

El árbol de las palabras dulces


En el centro de un lejano jardín residía un milenario árbol. Era bello y frondoso, todo el que comía de sus hojas aprendía a decir palabras dulces.

Un niño que había leído la historia de este milenario árbol le pidió a sus padres que le llevaran a verlo para probar de sus hojas y sus padres gustosamente le llevaron.

Al llegar al lugar, el niño se quedó de pie frente a éste observándole varios minutos. Sus hojas eran totalmente verdes, bañadas constantemente por un ligero rocío y por su red vascular circulaba una dulce miel.

_ ¡Ven, acércate!_  dijo el milenario árbol

El niño tímidamente se acercó y le preguntó:

_ ¿Cuáles son las palabras dulces que tienen tus hojas?

_ Tengo palabras dulces para dar consuelo, para vencer el miedo y para dar cariño_ explicó el árbol.

_ ¿Y cuáles son esas palabras?_ volvió a preguntar el niño.

_ ¡Cariño, mi amor, te entiendo, lo siento, estoy contigo, perdóname!_ respondió el árbol.

_ ¿Pero de dónde salen esas dulces  palabras?_ preguntó el niño.

_ ¡Las palabras dulces salen del corazón! ¡Mis hojas son sólo una motivación! _ explicó el árbol milenario.

En ese instante el niño pensó  que sus padres habían comido de las hojas del árbol, porque ellos frecuentemente le decían palabras dulces .

Después de pensar esto se acercó con mucho entusiasmo a comer de las hojas del árbol milenario. Y éste al final le dijo:

_ ¡Recuerda dibujar tu corazón y escribir todas las palabras dulces que hay dentro de él!

Autora: María Abreu

Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos. (Proverbios 16: 24)


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lunes, 3 de noviembre de 2014

El elfo cara de limón

En el bosque de los elfos vivía un elfo muy enojado que, un buen día, decidió marcharse al bosque contiguo de las hadas porque estaba cansando de que los demás le llamaran “cara de limón”.



Al llegar al bosque de las hadas las encontró volando alrededor de los árboles dejando una brillante aureola tras su vuelo.

El elfo después de observarlas por un momento se acercó  y les comentó la incómoda situación que estaba viviendo en el bosque de los elfos y les pidió ayuda. 

Las hadas notaron que el elfo tenía el rostro enojado y arrugado. Esto les hizo entender que quizás por eso le apodaban “cara de limón”.

Inmediatamente decidieron mejorar la apariencia del rostro del elfo con una mascarilla. Para ello, llamaron a dos abejas para que les trajeran un poco de miel mezclada con polen de rosas rojas en un cucurucho de hojas verdes.

Después de haberle puesto la mascarilla y ver que el rostro del elfo no mejoraba, decidieron preparar una pócima mágica en una jícara de coco.

Llamaron a un caracol que llegó y les regaló un poco de su baba y la mezclaron con polvos mágicos de hadas, pero al ver que el rostro del elfo no se renovaba, le comentaron muy angustiadas:

_ Será mejor que vayamos a visitar al hombre sabio para que nos ayude a buscarle una mejor solución a tu problema.

El elfo con su cara enojada, aburrida y desesperada les dijo:

_ ¡Pues a ver si este sabio puede hacer algo por mí!

El elfo y las hadas se montaron a lomos de dos unicornios y volaron hacia lo más alto de la montaña del bosque. Una vez allí, encontraron al hombre sabio lanzando semillas para que nacieran nuevas plantas.

Al llegar las hadas el hombre sabio dejó lo que estaba haciendo y al escuchar el problema del elfo, se quedó mirándole por unos instantes y le recomendó:

_ ¡Pégate una carcajada que te hará bien!  ¡Esa es la única solución a tu problema!

El elfo con mirada seria y arrugando el rostro preguntó con incredulidad:

­ _ ¿Por qué?

_  ¡Porque la risa es muy importante para la convivencia y para relacionarse con los demás!

En ese instante el elfo comprendió el por qué le decían “cara de limón” y se echó una buena carcajada. Dando las gracias bajó de la montaña y se marchó al bosque de los elfos.

Los demás al verle llegar, intentaron ignorarlo pero al escucharlo reír se acercaron y rieron con él amigablemente. De esta manera dejaron de llamarle “cara de limón” porque el elfo aprendió a ser amable con todos.
Autora: María Abreu

El corazón alegre hermosea el rostro; mas por el dolor del corazón el espíritu se abate. (Proverbios 15:13)


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