Cuentos clásicos

viernes, 17 de septiembre de 2021

CAPERUCITA ROSA – Cuento corto

Saray era una niña que le encantaba ponerse una capa color rosa con una capucha para protegerse del frío cuando iba al bosque a visitar a su abuela.

Una tarde la madre la mandó al bosque a llevarle una sopa caliente a la abuela y le advirtió de que no hablara con desconocidos.

 

Cuando caperucita rosa caminaba por el bosque se le acercó un lobo amablemente y le preguntó:

_ ¿Para dónde va esa niña tan bonita con esa capa rosa?

Caperucita rosa olvidando el consejo de su madre le respondió:

_ Voy a llevarle esta sopa caliente a mi abuela que vive por aquí cerca.

_ ¿Puedo acompañarte?  _ preguntó el lobo.

Justo en ese instante caperucita rosa se acordó del consejo que le había dado su madre de que no hablara con desconocidos. Y fijándose en su cara le respondió:

_ ¡No gracias! Y continuando su camino se alejó del lobo.

Más tarde, cuando caperucita rosa llegó a la casa encontró a la abuela acostada en la cama y le preguntó:

_ Abuelita qué ojos tan grandes tienes.

_ Son para verte mejor- respondió el lobo dulcemente.

_ Abuelita, ¡qué nariz tan grande tienes!

_ Es para olerte mejor _ susurró el lobo suavemente.

_ Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes!

_ Son para oírte mejor _ dijo el lobo amablemente.

Abuelita, no preguntaré qué boca más grande tienes, porque sé perfectamente, que eres el lobo que me encontré de camino.

Dicho esto, caperucita rosa agarró la sopa  caliente y se la lanzó a la cara al malvado lobo. Este entre aullidos y con la cara roja por la quemazón, salió corriendo de la casa de la abuela a las profundidades del bosque.

Enseguida, caperucita rosa buscó a la abuela por toda la casa hasta que la encontró en el baño atada de pies y manos.

Luego de haberla desatado, caperucita rosa abrazó a su abuela comprendiendo la importancia de obedecer a mamá y a no confiar en un extraño.

Autora: María Abreu

 

Hijo mío, escucha las correcciones de tu padre y no abandones las enseñanzas de tu madre. (proverbios 1:8)